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La libertad de expresión es patrimonio de la humanidad

Columnista
Homo brutalis
por:  Waldo Peña Cazas       [2013-03-17  -  09:29:47]

Hay también quienes, por excepción, no encajan en ninguna de estas categorías, y por ellos saquémonos el sombrero. Cada cual puede decir que es parte de esta minoría; pero nadie le creerá si es ministro, diputado, concejal o cosa parecida

Dos palabras resumen bien la vida en el mundo de hoy: violencia y corrupción. Hablamos de “civilización”; pero actuamos como trogloditas, pese a siglos de ideales filosóficos, educación masiva, prédicas religiosas y vigencia democrática. Desde que Caín descalabró a Abel con una quijada de burro, la codicia y la agresividad son constantes históricas cada vez más sofisticadas y legalizadas. En Bolivia, la violencia doméstica y callejera marcha del brazo con la corrupción política e institucional.

Esto parece dar razón a algunos especialistas en ciencias de la conducta: la codicia y la agresividad son instintos vitales e independientes, como el hambre y la sexualidad. Estirados académicos de Oxford y Cambridge se han convertido en apóstoles del vicio: exaltan la corrupción —sólo la del Tercer Mundo— arguyendo que redistribuye la riqueza, crea nuevas clases empresariales, agiliza la economía y evita la pesadez burocrática. En otras palabras, está muy bien que los pobres seamos viciosos y degenerados, mientras los ricos monopolizan también la virtud. O que lo diga el italiano Berlusconi.

Otros hablan de una ley natural, imprescindible para la supervivencia del más fuerte, o sea la suya. Para Wilfredo Pareto, la violencia es el clima natural de la vida social, cumple una función práctica y es resorte de la historia. Jean Paul Sartre y su discípulo Regis Debray dicen que el mejor remedio contra la violencia es la violencia misma. Konrad Lorenz dice que la agresión es un simple instinto y se debe a la naturaleza animal del hombre. Similares argumentos había usado antes Nietzsche, para arremeter contra la burguesía cobarde, y también Maquiavelo, para fundamentar la tecnocracia del poder. Más frecuente es achacar la culpa de la violencia y de la corrupción a la imbecilidad de los sistemas políticos o económicos, y al consumismo, que despiertan groseros instintos primarios y agitan nuestras glándulas endócrinas provocando reacciones en cadena.

Ahí está cosa: las ideologías, las ciencias y la literatura justifican la criminalidad, ya que nadie tiene por qué responder de sus acciones inconscientes. Personajes reales o ficticios, están eximidos de toda responsabilidad moral, gracias a los mecanismos de justificación que politizan y legalizan el delito; y convierten en héroes o símbolos patrióticos a Búfalo Bill, degenerado asesino de pieles rojas; William “Rusty” Calley, asesino de mujeres y niños en Vietnam; Oliver North, promotor de pichicateros para financiar a los “contras” nicaragüenses; John Wayne y Rambo, alegorías cinematográficas de la superioridad racial anglosajona.

Convengo más con el psicoanalista Friedrich Haecker: no habla del “homo sapiens”, sino del “homo brutalis”, criatura contemporánea con los dientes cepillados y los zapatos lustrados que no ha dejado de ser una bestia. Pero habría también que hablar del “homo corruptus” —cara mitad del anterior—, aunque con algunas disgregaciones que vale la pena advertir: no todos somos necesariamente corruptos y violentos, pues algunos somos sólo lo uno o sólo lo otro. O sea: 1) la ferocidad y la deshonestidad no siempre se presentan en el mismo sujeto; 2) hay individuos muy honestos, pero bestialmente crueles; 3) muchos corruptos detestables son mansos corderitos, por lo menos en el sentido físico.

¿Ejemplos? Para el primer caso, los dictadores que en todo tiempo y lugar se creen dueños de vidas y haciendas; para el segundo, los respetables padres de familia que van a misa los domingos y a la vuelta apalean a su mujer y a sus hijos; para el tercero, los grandes demócratas que sonríen a diestra y siniestra, que tiemblan ante sus mujeres y depredan el fisco sin asco.

Hay también quienes, por excepción, no encajan en ninguna de estas categorías, y por ellos saquémonos el sombrero. Cada cual puede decir que es parte de esta minoría; pero nadie le creerá si es ministro, diputado, concejal o cosa parecida.
El autor es escritor

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