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Columnista
El desacato y el fetichismo de la ley
por:   Por Waldo Peña Cazas       [2013-08-18  -  11:13:39]

TAL COMO LO VEO Pero los gobernantes autoritarios y los legisladores serviles debería recordar una lección histórica: los sistemas sostenidos con leyes injustas se ahogan en su propia sangre. Pero los gobernantes autoritarios y los legisladores serviles debería recordar una lección histórica: los sistemas sostenidos con leyes injustas se ahogan en su propia sangre.

La ley es, fatalmente, fastidiosa para muchos; pero en cuanto no lo sea para la mayoría puede ser justa, pues si conviniera a todos ni siquiera haría falta promulgarla o reformarla. Las actitudes de los ciudadanos pueden ir desde una ignorancia absoluta hasta el desacato premeditado, provocando bloqueos y disturbios, o convertirse en un fetichismo ciego y retrógrado, ese que hizo decir al ilustre Tamayo: “La única servidumbre que no mancha es la de la ley”.

Tamayo confundió conceptos: la ley no es necesariamente un trasunto de la justicia —más bien suele chocar con ella— y si todos la hubiesen acatado servilmente nunca habríamos superado oscuras épocas como la esclavitud y el colonialismo. Este conflicto entre ley y justicia hizo que Henry David Thoreau, el sabio solitario de Concord, se negara a pagar impuestos a un Estado que permitía la esclavitud y usaba el dinero de los contribuyentes en una guerra inmoral contra México. En su libro “On Civil Disobedience”, sostenía: “La ley nunca ha hecho una pizca más sabio al hombre, y mi única obligación es el derecho de hacer en todo momento lo que juzgo correcto”. Este filósofo trascendentalista influyó poderosamente en la obra de León Tolstoi, y fue también base fundamental para la política de resistencia pasiva de Mohandas Ghandi, que culminó con el derrumbe del colonialismo inglés en la India.

Muchos admiradores se brindaron a pagar los 10 centavos que Thoreau debía por impuestos, pero él rechazó toda ayuda y prefirió ir a la cárcel. Allí le visitó Ralph Waldo Emerson, prominente político estadounidense quien corrió a abrazarle: “Henry David” —le dijo dramáticamente— “¿Cómo es posible que tú estés aquí?”. Sonriendo, Thoreau respondió: “Ralph Waldo, ¿cómo es posible que tú no estés aquí?”.

Las sociedades contemporáneas ya no funcionan en base a valores compartidos, como las comunidades tribales. La división del trabajo y la proliferación de cultos, subcultos y grupos de interés hacen que el hombre traspase su medio original y su concepción del tótem común. Las sociedades son más vastas, dinámicas, secularizadas, y la conciencia moral, la opinión pública y las fuerzas informales no son suficientes para garantizar la paz social, constantemente amenazada por disputas internas. Así, es imprescindible un sistema de reglas que regule las relaciones sociales; pero todo cambia rápidamente y las leyes antiguas suelen volverse ineficaces para imponer la armonía. Para eso están los Parlamentos, para restaurar la armonía, estudiando nuevas leyes y promulgándolas; pero hay partidos y sectores más “representados” que otros, y por eso se dan leyes ofensivas para el resto de la sociedad.

La ley es un producto del pensamiento y la planificación conscientes, de la formulación deliberada y la aplicación voluntaria. Como la mayoría de los “fenómenos” conscientes y racionales de la vida social, es en cierto modo superficial, pues no determina los sentimientos fundamentales, y es más bien producto de ellos, porque se basa generalmente en la costumbre o en anhelos generalizados. Si no es respaldada por los usos sociales o no traduce anhelos populares, y la ley es injusta, y fracasa.

Por eso fracasó en Estados Unidos la “ley seca”, propiciada por grupos de presión y por una camarilla prohibicionista. Lo que más interesa a los gobernantes es conservar el poder, y utilizan la maquinaria legislativa en su propio interés. La estabilidad de demócratas y dictadores depende de los grupos que los respaldan o colaboran, y tratan de satisfacer o complacer a estos grupos, cuyos intereses están siempre lejos de representar el sentimiento colectivo o mayoritario.

Pero los gobernantes autoritarios y los legisladores serviles debería recordar una lección histórica: los sistemas sostenidos con leyes injustas se ahogan en su propia sangre.

El autor es escritor

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