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    Cochabamba, 14 de December de 2017
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La libertad de expresión es patrimonio de la humanidad

Todos los caudillos son iguales


[2017-12-06]
PLURI-MULTI

CARLOS-TORANZO-ROCA

¿Son legítimas las acciones de los caudillos? Su acceso al poder por el voto los consagra como gobiernos legítimos, pero una cosa es su elección, que puede ser y normalmente es profundamente democrática, basada en el voto y, otra muy diferente, la legitimidad en el ejercicio del poder. Donde hay caudillos y regímenes fuertes, las instituciones no existen o quedan debilitadas por el poder, por los poderes excesivos que ni siquiera respetan sus propias leyes, eso es válido en Europa, Asia, África, Argentina o Bolivia.

En rigor, el caudillo es la institución y su voluntad, la política pública. El deseo, el antojo del caudillo debe ser interpretado por sus obsecuentes para formalizar, idealizar, conceptualizar y transformar en política pública el antojo del jefe; no importa que las decisiones del caudillo sean irracionales o que no respeten la ley, esto no importa para nada, pues el caudillo está sobre la ley.

El deseo supremo del caudillo es la permanencia en el poder, su prolongación, no en vano los caudillos se creen inmortales y sus obsecuentes se ocupan de nombrarlos héroes, tatas, jefecitos, patrón, iluminado, etcétera. Si los obsecuentes no actúan de esa manera, no tienen posibilidades de mantenerse en el poder, la pelea por mantenerse en el círculo del poder, cerca del caudillo, para gozar de los poderes derivados, regalados, otorgados por el jefe, conduce a una pelea de mal sabor en la cual la tarea fundamental es mostrar cuál es el más obsecuente; es en la pelea de obsecuentes donde se definen los cargos para “apoyar” al jefe.

El jefe no requiere consejeros, no requiere ideas que le aclaren el pensamiento, precisa obsecuentes que lo aplaudan, que lo adulen, que le recuerden cada instante que es el mejor de la historia. Los obsecuentes inventan a los hijos del caudillo como los herederos de poder, en Corea, en la China, en Argentina o en cualquier otro lugar.

El caudillo se mira cada día en el espejo, el espejo es fundamental en su vida, al observarse en el trozo de vidrio, se mira cada vez más grande; pero el obsecuente le corrige y le dice que no es grande, sino que es gigante, que lo copa todo, que sus ideas ya rebasaron lo nacional y que pueden ser universales, por eso, el caudillo no sólo quiere cambiar su país, sino hacer su revolución en todo el mundo, pues se siente poseedor del poder universal.

En su provincianismo, los caudillos creen que poseen físico y fuerza para modificar todo el orbe, para cambiar el sentido de la historia. Ellos no son presos de la globalización, sino que quieren dirigirla.

La ley importa nada para el caudillo, lo que es más importante es su interés, su deseo, su capricho, su voluntad; el caudillo hace lo que quiere, por eso explica que su palabra es la ley, que su voluntad es la historia, sólo después sus abogados, otros obsecuentes, deberán dar forma jurídica a las violaciones de la ley operadas por el caudillo. Si la ley es un estorbo, el caudillo la viola, y mucho después, si se da el caso, la cambia.

En los gobiernos con caudillos fuertes, la seguridad jurídica no existe y no puede existir, lo que prima es inseguridad jurídica, pues la única legalidad válida es la voluntad del caudillo. Los caudillos de izquierda o de derecha son exactamente lo mismo, actúan de la misma manera, en los dos casos, la norma es la violación de la ley, aplaudida por los obsecuentes. En ambas situaciones, los caudillos llegaron al poder ofreciendo nuevos valores, ética, lucha contra la corrupción, pero en su ejercicio del poder repiten y amplifican las malas conductas de sus antecesores, con la única diferencia que a estos últimos se los criticaba o se pretendía juzgarlos.

En cambio, en el caso de los caudillos, las violaciones de la ley son aplaudidas en nombre de la revolución. El dedo del caudillo es fundamental, pues su índice levantado es la señal de la aprobación, y cuando lo baja, hay tormentas, pues mucha gente puede ser juzgada o exiliada.

En los regímenes de caudillo el Estado de Derecho no existe, tampoco el derecho a la disidencia, la ley no es para que la respete el caudillo, antes bien, es para meter en prisión los opositores o para amenazarlos y callarlos, en eso consiste la judicialización de la política.

En estos regímenes la justicia no existe, lo único omnipotente es el índice del caudillo que decide quién es culpable y quién no lo es, después los procesos judiciales son simplemente actos circenses en los cuales los juristas deben formalizar lo decidido por el caudillo. Y que se sepa, todo eso no es democracia.

Carlos Toranzo Roca es economista.








 

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