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Culturales
Sorprende qué un ícono de la cultura popular del siglo XX sea Premio Nobel de Literatura


[2016-10-24]
Dante con una guitarra al hombro.

Sorprende qué un ícono de la cultura popular del siglo XX sea reconocido en una premiación que, a pesar de su presunta ortodoxia, nos tiene acostumbrados a las sorpresas.

José Pablo Criales periodista

Bob Dylan ganó el Premio Nobel de Literatura. Se anunció el jueves 12 de octubre, frente a incrédulos que esperaban a un escritor de África o de Medio Oriente porque tocaba; y frente a los que actualizan frenéticamente las páginas de apuestas –con sus monedas puestas en Philip Roth, Joyce Carol Oates o Haruki Murakami–, sin entender cómo funciona el galardón sueco. El tema es que el premio lo ganó un hombre con más libros publicados como artista plástico que como escritor: Dylan tiene dos libros publicados en prosa (una novela de 1971 y la primera parte de una prometida trilogía autobiográfica que se pospone desde 2004) y seis como pintor. Otros varios volúmenes recopilan las letras de sus canciones. Bob Dylan no es un escritor per se, y la paradoja de su reconocimiento abre el debate sobre el premio y la literatura en el siglo XXI: Dylan, ¿síntoma de transformación o desprestigio de la Academia Sueca?

Los estatutos del premio notan que, por literatura, se entienden "no sólo trabajos puramente literarios, sino también otros escritos que, por la forma de presentarse, posean valor literario”. En 1954, a Winston Churchill le otorgaron el galardón "por su brillante oratoria que defiende los derechos humanos”; el premier británico es conocido por su lucidez discursiva pero jamás por publicar una obra literaria. En 1964 fue premiado Jean-Paul Sartre, que se rehusó a aceptarlo porque eso implicaría "perder su identidad de filósofo”, quedando en claro que fue premiado por su obra ensayística. En 1969 fue premiado Samuel Beckett "por su escritura que, renovando las formas del drama, adquiere su grandeza a partir de la indigencia moral del hombre moderno”, afianzando el panorama para el género teatral. El año pasado se premió a Svetlana Alexievich "por su escritura polifónica, un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo”, siendo un guiño para nosotros –los periodistas– que, especialmente en Latinoamérica, nos sometemos al prejuicio de que, a pesar de que el lector ya no lee, buscamos exponer la realidad a partir de esa escuela de los años 60 que se consagró como periodismo narrativo.

Después de esa resignificación del género narrativo –abarcando el ensayo, el teatro y la crónica periodística–, hoy sorprende el caso de un cantautor premiado como escritor literario. Sorprende porque un ícono de la cultura popular del siglo XX es reconocido en una premiación que, a pesar de su presunta ortodoxia, nos tiene acostumbrados a las sorpresas. En la nómina figuran nombres como Bjørnstjerne Bjørnson, José Echegaray y Grazia Deledda –a quienes no lee nadie; y otros que nos interpelan necesariamente (si acaso en la literatura algo puede ser necesario o absoluto): O’Neill, Faulkner, Hemingway, Pasternak y García Márquez. Pero, a pesar de que las primeras ediciones hayan premiado a autores poco memorables y muchas otras hayan coordinado con el espíritu de una época, el Nobel de Literatura dista de lo que podríamos considerar una literatura urgente. Ni Tolstoi, Kafka, Proust, Joyce o Borges lo ganaron, siendo los escritores fundamentales de nuestra era. Así queda claro que el premio de la Academia Sueca se construye al margen del canon literario.

El mismo Borges, cita indiscutible en la materia, afirma que la buena literatura es muchísimo más que una historia atrapante. En uno de sus ensayos más famosos, recogido en Otras Inquisiciones, Borges declara que una literatura –anterior o ulterior– difiere de otras más por la forma en la que se lee que por el texto en sí mismo. La tesis de Borges afirma que si le daban un texto cualquiera con las maneras en las que se leería en el año 2000 –lo decía rondando 1952–, él ya sabría cómo será la literatura de esa época. En tres líneas de un párrafo introductorio, Borges deja escrita la relación intrínseca entre la literatura y nuestra conciencia: una página trasciende –más allá del estilo y de la épica– por la respuesta que da a una de nuestras preguntas, fuera del tiempo y el espacio. Lo fundamental de la literatura es su vocación de trascendencia.

Bob Dylan, en ese sentido, es el espíritu de una época siendo finalmente reconocido. Si la Academia Sueca no fuera tan pacata, podríamos decir que este premio es la reafirmación de una literatura norteamericana de los convulsionados sesentas norteamericanos. En el fondo, sería un premio a esa necesaria contracultura yanqui –mal llamada Generación Beat– que se animó a desafiar al sueño americano en su época agónica. Éste sería un premio a la literatura de Ginsberg, Kerouac, Kesey y Burroughs (nombres que ni siquiera el corrector ortográfico de Microsoft Word se digna a reconocer). Lo cierto es que Bob Dylan gana en su eficacia para retratar una época. Pienso en The Lonesome Death of Hattie Carroll, que denuncia un crimen de odio racial perpetuado en un asesinato impune. Pienso necesariamente en Blowin’ in the wind, y la agónica desesperanza del hombre posmoderno que hasta Juan Pablo II buscó rescatar en su momento. Pienso en Masters of War y en nuestra indiferencia pretérita ante la violencia explícita. Pienso en Mr. Tambourine Man y en nuestra alienación ante el yo y el ser profundo. Pienso en A hard rain’s a-gonna fall y en la imagen apocalíptica de la guerra fría. Pienso en Tangled up in blue y en la locura desenfrenada del amor no correspondido. Pienso en Like a Rolling Stone y siento que ni siquiera Flaubert fue tan sanguinario con el arte de su época. Pienso en Visions of Johanna y una prosa poética admirada por el mismísimo Nicanor Parra. Pienso; etcétera, etcétera, etcétera.

Oscar Wilde escribió que "los artistas buenos existen en lo que hacen y, en consecuencia, son perfectamente anodinos en lo que son. Un gran poeta, un verdadero gran poeta, es la menos poética de las criaturas. Por eso los poetas inferiores son fascinantes: viven la poesía, pero no pueden escribir”. Como Dorian Gray, Bob Dylan grita: "¡mi vida es mi arte!” y, al mismo tiempo –como Rimbaud o Baudelaire– puede gritar que su arte se valida a pesar de su vida. Dylan tiene 75 años y desde 1988 que hace 200 conciertos al año sin descanso. Dylan fue músico de protesta, antagonista del folklore, cristiano evangelizador y renegado del roncanrol. Dylan es el ejemplo del escritor que se aboca a su arte afrontando todas las consecuencias: escribe, no por placer, sino porque le es intrínsecamente necesario. Dylan no jode, ni se complica con significaciones extremadamente implícitas; simplemente deja la letra ahí, para que uno la interprete y entre en el juego más rico que nos regala la literatura: el del ser partícipe del significado.

En contra del Nobel de este año se puede argumentar que octubre de 2016 no vino con un respiro para la industria editorial sino, más bien, envió a sus adeptos a Spotify y a YouTube. Que la Academia Sueca no nos presenta una literatura ajena que nos abra la vista a un mundo desconocido sino que reconoce a un artista popular. La ortodoxia preguntará ¿¡qué es lo que sigue!?, y esperará que la respuesta no sea un próximo premio a una serie televisiva, un cómic o a un director de cine, porque todavía no comprendemos que la cultura ya no es ni alta ni baja, sino del tamaño de los humanos que la crean y la disfrutan. La cultura es la expresión de un momento histórico y, pese a quien le pese, Dylan es el aliento intoxicante de un siglo convulsionado ansioso de ser interpretado y comprendido.

Umberto Eco escribió una vez que el arte es la metáfora epistemológica de una era: es decir que, como los textos científicos demuestran el conocimiento logrado en un momento histórico, el arte encarna su coyuntura e idiosincrasia. Para Eco, la Divina Comedia de Dante explicaba en su totalidad el paradigma teocéntrico del siglo XIV y el vértigo del hombre ante la trascendencia. En el siglo XXI, con nuestra ansia de respuestas sin resolución directa, Bob Dylan se presenta como Dante, con una guitarra al hombro y nuestras preguntas a tientas.

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