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Culturales
Odas a Barack Obama


[2017-01-22]
Pocas veces en la historia de EEUU se registró tal atención a la despedida a un presidente. El antagonismo del actual mandatario, Barack Obama, con su sucesor, Donald Trump, explica la situación. La despedida de Obama fue emotiva: “Creo más en este país que cuando empecé”. “Os pido que creáis no en mi capacidad para traer el cambio sino en la vuestra”... Y para terminar el conocido “Yes we can” (sí se puede) arrancó lágrimas. Aunque el legado de Obama trasciende lo simbólico, su despedida fue un conjunto de odas y admiración.

Charles M. Blow columnista de The New York Times

Las nubes negras de la nueva administración estadounidense se extendieron durante estas semanas con furia, produciendo una avalancha de noticias extrañas y preocupantes. La muy esperada conferencia de prensa del presidente electo predeciblemente fue un circo de soberbia, hostilidad y distracción.

Pero había calma en medio de la tormenta, un bloque de familiaridad, estabilidad y fuerza: el martes 10 de enero en la noche, cuando el presidente Obama hizo su discurso de despedida en Chicago, lo hizo bajo la mirada de una muchedumbre abandonada, que reconocía la magnitud del momento y la profundidad de su pérdida.

Como dice el viejo refrán: "No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”.

Hayas o no aprobado las políticas de la presidencia de Obama, es imposible argumentar que él no ha sido un hombre de principios. Estés o no de acuerdo con sus decisiones o el contenido de su discurso, es imposible decir que él no se manejó con dignidad y respeto y que no condujo el país con esos valores. Como luz guía.

No estuve siempre de acuerdo con las posiciones y tácticas del Presidente. Es normal que librepensantes estén en desacuerdo de vez en cuando, incluso cuando comparten valores.

Me frustraba particularmente lo que me parecía ser su lectura equivocada y su subestimación de la intensidad de la oposición que enfrentaba, y su actitud, que era la de un hidalgo soldado en una guerrilla. Fui duro en mi crítica; algunos dirán que fui demasiado crítico.

Pero ninguna de esas diferencias de opinión sobre cuestiones de estrategia mermaron mi profundo respeto por las virtudes del hombre, las que llegamos a aceptar como dadas: ferozmente inteligente, extremamente bien educado, erudito en la gran tradición de los hombres de letras, ampliamente leído y un hábil escritor.

Ha sido un orador que quedará en la historia. Tanto nos acostumbramos a su elegante y magistral discurso, que admito que a veces lo apagaba. Tuvimos en eso rica abundancia. Sin embargo, oyendo sus palabras de despedida, me sentí sacudido porque la decencia y dignidad, la solemnidad y esplendor, la altura y literatura que Obama trajo al puesto de presidente han sido extraordinarias; el conjunto de condiciones que cada generación espera tener en un presidente.

De cierta manera, esta diferencia quedó marcada especialmente en las cosas pequeñas: por ejemplo su referencia a Atticus Finch, inolvidable personaje de la novela Matar un Ruiseñor, de la escritora estadounidense Harper Lee; y su discusión de las relaciones raciales en este país, dichas con la confianza de que ha leído el libro, y no sólo un resumen.

Me hizo pensar en los presidentes que antecedieron y sucederán a Obama: George Bush, quien Karl Rove dice que es un lector voraz, pero cuya articulación y predisposición delataban a un hombre aún buscando una adecuación literaria; y Donald Trump, un hombre que viene con más ira que perspicacia, y de quien el que le escribe sus discursos dijo: "Dudo que haya leído un libro entero en toda su vida adulta”.

Aun más impresionante es la habilidad de Obama para exponer temas delicados como los raciales, haciendo que todos los involucrados se sientan respetados y representados, y que todos los participantes en el debate sientan que han sido escuchados.

No lo hizo todo bien; nadie lo hace. Sería injusto pedirle ese logro imposible. Pero él comenzó de una posición fuerte y respetable y de ahí alcanzó aun más seguridad y confianza.

Así, cuando él llega al final de su presidencia, Estados Unidos se enfrenta a la realidad de lo que pierde. No sorprende que según una encuesta reciente "55% de los votantes norteamericanos aprueba la labor del presidente Obama; su mejor aprobación en siete años”. En comparación, la aprobación de Trump, como presidente electo, es sólo 37%.

Obama no ha sido perfecto, pero nadie lo es –ni usted ni yo- ni tampoco lo fue ningún presidente, pero Obama es un buen hombre y un buen presidente. Algunos dirán que es el mejor de todos en ambas cuentas.

Lo recordaremos –y lo extrañaremos- cuando el torbellino de escándalos, conflictos, torpeza y revanchismo de Trump invada Washington.

*The New York Times. Traducción Ideas. PAGINA SIETE








 

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