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La libertad de expresión es patrimonio de la humanidad

Culturales
Un museo “de” Evo Morales


[2017-02-05]
Después de cuatro años de espera y casi 50 millones de bolivianos erogados, finalmente se abrió al público el Museo de la Revolución Democrática y Cultural, anclado en Orinoca, el lugar donde nació y creció, signado por las carencias, el presidente Evo Morales.

El citado repositorio, si bien tiene ese rimbombante nombre, pasará a la historia como el "museo de Evo” porque está dedicado a él y a su personalidad. De hecho, fue concebido con ese objetivo, aunque se incorporaron elementos referidos a la historia de los pueblos originarios y al denominado proceso de cambio.

El Gobierno ha hecho esfuerzos en los últimos días para posicionar la idea de que "no es el museo de Evo”, pero las evidencias saltan a la vista. En el lugar se pueden apreciar las abarcas que Morales calzaba en su niñez, una colección de camisetas que clubes deportivos del mundo le regalaron y las que él sudó en la cancha, además de trofeos deportivos.

No podían faltar los centenares de ponchos que los comunarios de diversos puntos del país le regalaron ni los sombreros que, además de haber sido usados por Morales, tienen el valor de representar la diversidad cultural.

Hace tres años, el mandatario había justificado el crecimiento de su patrimonio al indicar que tenía más de 500 ponchos a los que atribuía un enorme valor económico. Habiendo pasado esas prendas al museo, lo lógico sería esperar que en una nueva declaración ante la Contraloría se advierta una considerable reducción de sus bienes.

Fotos, cuadros, objetos, regalos y pertenencias, todo eso hay en el museo de Evo, donde también ha sido anclada una estatua en tamaño real del mandatario que fue donada por el municipio de Escara.

El museo es de Evo, de otra manera no estaría situado en Orinoca, un punto del territorio nacional alejado de los circuitos turísticos nacionales y cuya población apenas sobrepasa las 600 almas.

Si bien Orinoca es la comunidad más consentida de la zona porque ya tiene una posta de salud, unidad educativa, estadio, coliseo cerrado y ahora el museo más grande de Bolivia, no cuenta con hoteles para recibir a los potenciales turistas, aunque sí un precario residencial de cuatro habitaciones.

En contrapartida, los habitantes de Orinoca se declararon ilusionados por la nueva obra porque creen que su vida será mejor, lo que probablemente ocurra, aunque no en la medida en que hubiera impactado un proyecto productivo.

En resumen, el museo es el corolario del culto a la personalidad que impulsan los más cercanos colaboradores del Presidente y él mismo, en la medida en que acepta, aplaude y premia a quienes le rinden pleitesía.

En esa línea se inscriben los pomposos actos de toma de posesión en Tiwanaku, más parecidos a una entronización; la composición de himnos y poesías en su honor; la nominación de escuelas, carreteras, canchas y centros de salud con su nombre; y las estatuas de él y de sus padres que se levantan en distintos puntos del país.

El libro de poesías, por ejemplo, fue solicitado por él mismo y la exministra de Comunicación Marianela Paco no dudó un solo segundo y lo mandó imprimir. El militar que ordenó crear el himno en honor del Presidente acaba de ser nombrado viceministro de Defensa. Entonces, es el propio Presidente el que premia y, lo más importante, financia estas iniciativas con recursos del erario público.

No se puede negar la exquisita museografía montada en Orinoca ni el alto nivel profesional con el que fue concebida, lo que está en cuestión es su verdadera utilidad pública, puesto que el museo se centra en una sola persona y está fuera del alcance de la mayoría de los ciudadanos bolivianos.

Mientras el museo de Evo dispondrá de un millón de bolivianos anuales para su funcionamiento, otros repositorios de indudable interés histórico y cultural, como el de Tiwanaku, sobreviven a duras penas al olvido.

Paradójicamente, la construcción de museos en honor de sí mismos no es una tradición revolucionaria: en Cuba, por ejemplo, se prohíbe usar el nombre de Fidel Castro para denominar espacios públicos y construir monumentos con su imagen. La decisión se tomó de acuerdo a la última voluntad del líder "de evitar toda manifestación de culto a la personalidad”.

Pagina Siete editorial








 

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