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    Cochabamba, 14 de Noviembre de 2018
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La libertad de expresión es patrimonio de la humanidad

Culturales
Cuando los símbolos son depreciados


[2018-03-28]
LIBREPENSAMIENTO

Toda colectividad institucionalizada requiere medios de representación y legitimación. En las actuales formas de organización estatal esos símbolos son, entre otros, la Bandera y el Escudo Nacional.

Su significado, en sus orígenes, es convencional y contingente; es decir, corresponde a pactos en los grupos sociales y depende de situaciones concretas, que pueden variar en el tiempo. Sin embargo, entre una u otra modificación es propio de los símbolos su inalterabilidad.

Naturalmente, al ser los símbolos nacionales producto de situaciones históricas concretas y reflejar situaciones sociales determinadas, su significado puede ser contestado por un sector de la población.

Ello, generalmente, implica su posterior modificación o, incluso, su sustitución por otro, considerado más pleno, legítimo y adecuado al nuevo momento nacional.

El respeto a estos símbolos es un indicador de la naturaleza de un Estado y de la sociedad. La reverencia absoluta a los mismos acompaña generalmente una subestimación de la importancia de los individuos que componen el grupo y es característica de regímenes absolutistas. Por el contrario, su menosprecio es también señal de malestar social.

En un pequeño pero interesante trabajo redactado en 1998 -“Reformas y deformaciones del escudo de armas de la República de Bolivia”-, Julio César Velásquez indica: “…cuando la politiquería, los intereses creados y el regionalismo relegan esos emblemas a planos secundarios, anteponiendo otros de conveniencia sectaria, una gran anarquía amenaza la estabilidad de la nación”.

Es lo que pasó a inicios de la República de Bolivia, periodo en el que se cambió varias veces el color y la disposición de la Bandera Nacional y en el que el Escudo de Armas fue representado en varias y curiosas formas, según quien lo reproducía y utilizaba.

Al ser nuestros símbolos republicanos reflejo de un momento histórico, tuvo inexorablemente que significar también la exclusión del componente indígena. Por ello, a partir de la década de 1960, los nuevos movimientos políticos indios enarbolaron una nueva bandera, la wiphala. Este símbolo fue una creación de militantes indianistas, a partir de la memoria de insignias propias.

El gobierno del MAS y de Evo Morales irrumpió arropándose en la legitimidad de la wiphala y prometiendo la solución descolonizadora. Sin embargo, no sustituyó la wiphala a la tricolor boliviana, tampoco se creó una nueva bandera, sino que se recurrió al expediente fácil de dotar a Bolivia de dos banderas “oficiales”, situación reveladora de improvisación, carencia de recursos ideológicos y buena dosis de demagogia. Y lo que sucedía con los símbolos acaecía también en otros planos de la administración concreta.

Tenemos actualmente una situación curiosa y compleja: dos banderas, de las cuales sólo una -la tricolor- es la bandera oficial a nivel internacional y un sólo escudo, en el cual figura -inalterada- sólo la tricolor boliviana.

La irreverencia a la wiphala se percibe también en la manera arbitraria cómo se la utiliza en eventos y decorados oficiales: ningún respeto por la cantidad de cuadros de los diferentes colores que la componen, su orden y disposición. La frustración política es aún mayor si consideramos que la wiphala es ahora rechazada por los mismos movimientos sociales que la enarbolaron antes de la llegada del MAS al gobierno: la consideran ahora símbolo masista y ya no emblema indígena, popular o nacional.

El menosprecio a nuestros símbolos atañe también la tricolor. La reciente iniciativa del “banderazo” contribuye grandemente a ello. Lejos de que la población boliviana muestre su civismo y compromiso con la causa marítima adhiriendo a esa iniciativa, se hizo más bien patente la apatía de la mayoría de la población.

Depreciar nuestros símbolos debilita la consistencia y perjudica la viabilidad de nuestro proyecto nacional. Si ese propósito implica la descolonización, ésta sólo es posible si esa solución política se exterioriza en símbolos comunes y únicos, señal de que en el futuro las tareas y las responsabilidades deben ser equitativas y compartidas entre todos los componentes de nuestra realidad nacional.

Pedro Portugal Mollinedo, director de Pukara, es autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas de Bolivia.









 

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