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Ecologia
La mamada


[2017-02-05]
Matasuegra

La operación “Lluvia Soberana” no sólo provoca dudas, sino también carcajadas. Esto implica que la credibilidad de don Evo ha disminuido tanto o más que el agua de las represas, afirma Camacho.

Willy Camacho escritor

Los últimos días de enero cayeron lluvias torrenciales sobre la ciudad de La Paz y la temperatura descendió considerablemente. No es que el verano paceño sea muy cálido, pero tampoco estamos acostumbrados a un frío invernal (y para colmo, húmedo) en esta época del año. No obstante, dada la escasez de agua que viene padeciendo La Paz desde octubre de 2016, seguramente toda la población agradeció a la Madre Naturaleza por un regalo tan oportuno y generoso, pese a los incómodos efectos colaterales (frío, riesgo de deslizamientos, calles inundadas, etc.).

Casi de inmediato, cuando mucha gente se aprestaba a realizar rituales ancestrales para demostrarle gratitud a la Pachamama, el presidente Morales dio a entender que los agradecimientos los merecía su gobierno, pues las lluvias habían sido provocadas mediante la técnica de "bombardeo de nubes”, llevada a cabo por la Fuerza Aérea de Bolivia con asesoramiento venezolano.

Los paceños no somos malagradecidos, simplemente nos confundimos de benefactor, lo cual es comprensible, ya que la denominada operación "Lluvia Soberana” fue ejecutada en secreto. "No dijimos a los medios de comunicación hasta que no haya resultados”, explicó don Evo inflando el pecho de orgullo. Y su satisfacción no es para menos, considerando que semejante hazaña demandó la "modesta” inversión de 500 mil dólares.

Repito: los paceños no somos malagradecidos, aunque, eso sí, quizá a veces nuestro escepticismo es exagerado. Sin embargo, en este caso concreto, creo que las dudas son justificables, porque todos sabemos que en enero siempre llueve mucho y en febrero caen diluvios. Al contrario, no hallo justificación alguna para que la mentada operación fuese realizada en secreto. Claro que debo admitir mi completa ignorancia sobre los protocolos y normas de la "inteligencia militar” (un oxímoron, según algunos pensadores). De todas formas, surge la pregunta lógica: ¿Si no llovía, nunca nos habríamos enterado que se gastó medio millón de dólares en el bombardeo de nubes? Y esto, a su vez, genera otras interrogantes: ¿Cuánto dinero ha invertido el Gobierno en "experimentos” que nunca fueron revelados porque no dieron los resultados esperados? ¿De qué partida presupuestaria sale el dinero que demandan estas operaciones secretas? ¿Dónde queda la transparencia en el manejo de recursos públicos?

Si bien es cierto que las técnicas para sembrar nubes se emplean en varios países desde hace medio siglo, no faltan los científicos que cuestionan la efectividad de los diversos métodos, debido a una sencilla razón: no existe evidencia comparativa. Es decir, no se puede determinar con exactitud cuánto menos habría llovido si no se hubiera recurrido a la siembra de nubes. Obviamente, es posible revisar registros históricos para estimar, con alto grado de certeza, los beneficios de la técnica en lugares donde hay regularidad climática, como La Paz, por ejemplo, cuyo invierno se caracteriza por la ausencia de precipitaciones pluviales. Pero si el "bombardeo” se ejecuta en temporada de lluvias, es prácticamente imposible estimar cuán eficaz ha sido la operación.

Así las cosas, los paceños no sabemos si debemos agradecer a San Pedro o a San Evo por las lluvias recientes. Hace 10 años, es muy probable que la ciudadanía hubiese creído plenamente en la palabra del Presidente, y una multitudinaria concentración habría ovacionado al único líder que se enfrentó al imperialismo celestial para recuperar la soberanía pluvial de Bolivia. Hace 10 años...

Hoy, la operación "Lluvia Soberana” no sólo provoca dudas, sino también carcajadas. Esto implica que la credibilidad de don Evo ha disminuido tanto o más que el agua de las represas, y no hay bombardeo que consiga reponer la pérdida de ese capital simbólico que, en tres elecciones consecutivas, le granjeó la confianza de los votantes. Los oficialistas aseguran que la imagen del mandatario fue dañada por un complot político-mediático –refiriéndose al caso Zapata–, y han hecho todo lo que está en sus manos para convencernos de que el asunto fue una mentira urdida por la oposición y amplificada por la prensa.

Tal vez Gabriela Zapata mintió, pero no hay que olvidar que el propio Presidente confirió veracidad al relato de su expareja, declarando que, efectivamente, había tenido un hijo con ella, que había asumido los gastos médicos del niño, etcétera. Él y sus colaboradores cercanos cayeron en contradicciones que, al final, quisieron tapar con el argumento del complot.

Cometieron varios errores en el afán de desviar la atención hacia la existencia o no del niño, para que la denuncia sobre tráfico de influencias (que probablemente consideraron más grave) quedara relegada a un segundo plano. Al tratarse de un asunto íntimo, personal, don Evo no pudo esquivar el impacto; no hubo, como en ocasiones anteriores, la opción de sacrificar un peón y salvar al rey. Fuera de la responsabilidad individual del presidente Morales en ese caso, es evidente que fue mal asesorado. Tampoco fue un acierto de los asesores apresurar el referendo para modificar la Constitución. Don Evo lo sabe, y sospecho que a eso, entre otras causas, se debe la advertencia que, en jerga de barrio, lanzó a sus ministros en el gabinete ampliado: "No queremos servidores públicos que estén chupándome las tetillas”. Dicho de otro modo, don Evo no quiere que lo sigan mamando/engañando, porque "cuando algunos ministros nos informan mal, decidimos mal”. En ciertos temas, al Presidente no le queda más que confiar en sus colaboradores (energía nuclear, por ejemplo); pero en otros, le bastaría aplicar el sentido común para no tomar malas decisiones –como bombardear nubes en época de lluvias, mantener la operación en secreto o bautizarla con tan pésimo gusto– y así proteger sus excelentísimas tetillas. Los paceños preferimos tener las nuestras a buen recaudo, especialmente cuando escuchamos frases que bien podrían incluirse en una pegajosa canción del Papirri: "Sólo la puntita. Gobernar escuchando al pueblo. Cara conocida. Sembrar nubes en enero. ¡Yaaaa! La mamada, la mamada...”. PAGINA SIETE








 

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