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    Cochabamba, 13 de Noviembre de 2018
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La libertad de expresión es patrimonio de la humanidad

Ecologia
La venganza de la Pachamama


[2018-02-23]
WINSTON ESTREMADOIRO
BARLAMENTOS

Seguía la lluvia en el valle, aunque solo fuera una llovizna intermitente que es algo más que esa garúa limeña que quizá tiene salado de mar que no tenemos. No salió ningún arcoíris ya que el sol continuaba arrebujado de nubes. Sin embargo, ni habían enterrado los muertos de la tragedia, que brotaron las reyertas sobre causas de la arremetida de piedras, agua y lodo –la temida mazamorra—que descendió sobre Tiquipaya, un suburbio de la conurbación valluna. Cochabamba aguanta una Madre Tierra empeñada en rellenar de agua la otrora pampa de lagunas.

Muerto el burro, tranca al corral, recuerda la sabiduría popular resaltando la estupidez humana de buscar causas después de la desgracia. La polémica sobre la mazamorra de Tiquipaya la evoca. Una antropóloga echa la culpa a los dos o tres incendios anuales para lotear terrenos cercanos a las torrenteras, que ríos no son, además del talado de árboles que son “una represa natural para la lluvia”. Un ingeniero medioambiental echa la culpa a las urbanizaciones, ya que sus terrenos son solo aptos para “cultivos, forestación y servicios ecológicos”; peor, hay sobreexplotación de áridos (arena, piedra y rocas) en los lechos de los ríos. El capo de la Unidad de Riesgos de la Gobernación hace una finta y afirma que “ha habido mucha acumulación de agua, se ha desplomado mucho material en el cauce de los afluentes y se ha desbordado el río Taquiña”, aparte de que se deshidrató el terreno porque “el año pasado hubo una época muy seca”.

Todos tienen algo de razón, pero hay distintos grados de culpabilidad. Una pareja apasionada en la floresta, deja botella de vidrio quizá rota en sus ajetreos, y un rayo de sol hará lupa en el calor de medio día. Un comerciante de lotes, con adelanto incluido, de friolentos en el altiplano o sudorosos en el trópico que añoran un techo en el valle de aire fresco, aunque contaminado, hará talar árboles y prenderá fuego a “sunchos” de corteza blanda; dará unos pesos al burócrata edil que aprueba lotes así fueran cercanos a cauces y ¡listo, a vender! La repartición municipal de la urbe principal y, peor, de los satélites urbanos, ni siquiera se ponen de acuerdo para invertir en una planta de tratamiento de la basura. En la capital y los entes suburbanos los responsables de urbanismo no saben qué hacen los medioambientalistas y en qué normas se basan. ¿Coordinación con Derechos Reales?, ¡dudosa!

Los delincuentes son las personas. Sin embargo, como si se tratase de un campo minado, los expertos eluden tratar a los reales culpables, a los infractores de leyes y normas de las que pocos hacen caso. Somos un país de cochinos para los que cualquier escampado, mejor si es la zanja del cauce de una torrentera, es un basurero para echar escombros y residuos domiciliarios, o la fuente de arena, piedras y ripio para algún emprendedor vivillo.

¿Dónde estará la tan mentada “censura social”? ¿Alguno denunció al dueño del camioncito que botó restos de alguna construcción? ¿Qué tal la señorona que echa en la torrentera su basura del papel higiénico pringado, cáscaras de frutas y hortalizas, los restos de la poda del jardín? ¿Será “pobrecito” el dueño de una casa enlodada de tres pisos? ¿Acaso paga impuestos el empresario de la volqueta que carga arena y piedras del lecho de la torrentera y encima los vende en predio municipal? ¿Qué tal la chicharronera en camino a próspero edificio propio, que necesita leña para su paila?

Bueno sería que la censura social se manifieste. Baste unas fotitos del delito y la placa del vehículo del delincuente, fácil de obtener con la cámara del celular, y la tele las exhiba en programas de periodismo ciudadano o las Alcaldías emitan comparendo, o mejor, la multa que no sea solo cocacho, sino tatuaje en la frente. Tomen fotos de la casa que bota basura, y ¡multa o la opción de un grafito acusador! Hurguen archivos para investigar si afectados cumplen o cumplieron con las leyes, que no todos son “pobrecitos”. ¿Acaso no todos somos iguales ante la Ley?

Se cachañea castigar a los reales culpables. Por eso da risa la anunciada reforestación de la cuenca Taquiña. Cuando crezcan los plantines de molle, chillijchi y retama, serán una “represa natural” a los desbordes de la venganza de la Pachamama a los atentados contra el medio ambiente. Mientras tanto, muerto el burro, tranca al corral.

Tal vez el último recurso sea el de la imaginación del Nobel José Saramago, quien en “Ensayo sobre la lucidez” urde que un día los votantes se cansan y expresan su desacuerdo negándose a ser parte de un proceso democrático cada vez más manoseado.

El autor es antropólogo

win1943@gmail.com








 

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