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Economia
El mal momento de los exportadores


[2015-11-18]
Por HENRY OPORTO

Lo que está en juego no es únicamente el futuro de un puñado de empresas

Los exportadores prevén un 2016 difícil para los agronegocios. Así lo han hecho saber representantes cruceños de este sector, agobiados por las cotizaciones a la baja de los precios internacionales de soya, maíz, trigo, azúcar, entre otros, así como por el contrabando de alimentos desde los países vecinos. Una situación adversa que alcanza a la quinua y otros productos de la agricultura tradicional, cuya producción depende del mercado internacional.

Así y todo, los problemas de los agroexportadores parecen menores si se compara con los que afligen a los exportadores de manufacturas, sobre todo del occidente. Los empresarios dicen que Bolivia es ahora el país más caro para exportar debido al tipo de cambio y por el costo creciente de la mano de obra. A ello se suma la falta de mercados, las demoras en la devolución de Cedeim, que ocasionan iliquidez en las empresas, y otros obstáculos en los trámites de exportación.

En 10 años el costo laboral se ha triplicado

Los altos costos laborales tienen que ver con el constante incremento del salario mínimo nacional y los haberes básicos, además de la imposición del doble aguinaldo -que desafía toda racionalidad económica- y amén de otros beneficios laborales. El problema reside en que tales incrementos no son resultado ni tienen como contrapartida un aumento correlativo de la productividad laboral; esto es, sacrifican la salud financiera de las empresas.

Según los datos de la encuesta de salarios del INE, el salario medio nominal de la economía nacional ha crecido en 64 por ciento; sin embargo, en los sectores manufactureros y exportadores los incrementos han sido incluso superiores al promedio general. Cuando se toma en cuenta el bono de antigüedad, los aportes a cargo del empleador, el doble aguinaldo y las previsiones por indemnización por tiempo de trabajo, el aumento salarial acumulado en la esfera de las empresas formales llega al 300 por ciento; una situación insostenible en el contexto de estancamiento de la economía mundial y cuando los precios y la demanda se desploman. Los exportadores sufren por doble partida: caen sus ventas, y afrontan costos mayores para mantener su planilla de trabajadores.

El tipo de cambio golpea a la exportación.

De enero a julio de 2015, las exportaciones de productos no tradicionales se redujeron en 418 millones de dólares, lo que significa 27 por ciento menos que el valor exportado en igual período de 2014. Tal disminución refleja la pérdida de competitividad de las exportaciones bolivianas frente a las exportaciones de otros países que llegan a los mercados internacionales con precios menores y favorecidos por la depreciación de sus monedas con respecto al dólar.

Contrastando con la situación que prevalece en el entorno regional, Bolivia mantiene un tipo de cambio fijo desde el año 2011, lo cual determina que la competitividad cambiaria de nuestra economía sea cada vez más adversa. De hecho, mientras otros países devalúan sus monedas, en Bolivia la apreciación real del boliviano llega a más de 30 por ciento, con lo cual se abre una brecha de 28 por ciento en contra de la economía boliviana. Quienes más resienten los efectos negativos son los exportadores (grandes, medianos y pequeños), que ven cómo sus productos de venta en los mercados externos se encarecen, al propio tiempo que sus costos en bolivianos suben.

Se entiende así la abrupta caída de las exportaciones nacionales tanto en valor como en volumen. El impacto entre enero y julio de este año se ha sentido en todos los rubros: la soya perdió 36 por ciento en valor exportado; los productos de la industria alimenticia 33 por ciento; quinua y derivados 40 por ciento; cuero 23 por ciento; café 61 por ciento, textiles 31 por ciento. Impactos considerables para un periodo corto de tiempo, y que se vienen prologando en estos últimos meses.

La pérdida de mercados externos El comportamiento de las exportaciones de productos manufacturados en los mercados externos, entre los meses de enero y julio de 2015, revela un considerable retroceso respecto de un año atrás. De acuerdo a los datos del INE, las exportaciones a Colombia cayeron de 663,6 millones a tan solo 82,8 millones de dólares (68,6 por ciento menos); las exportaciones a Venuezuela bajaron de 236 millones a 120,7 millones de dólares (48,9 por ciento menos); las exportaciones a Estados Unidos de 618,5 millones a 446 millones de dólares (27,9 por ciento menos). Pretender reemplazar el mercado estadounidense por el venezolano ha resultado una quimera. Venezuela, además de ser un mercado más chico y con menor capacidad adquisitiva, aplica un sistema de pagos muy engorroso y proclive a la corrupción, al punto que son muchas las empresas bolivianas que llevan años sin poder cobrar: el monto pendiente de pago de órdenes despachadas en textiles ascenderían a $us 12 millones; las órdenes fabricadas pero no despachadas bordearían los $us 10 millones. Indiferencia gubernamental: Llama la atención la pasividad e indiferencia de las autoridades ante el cuadro de penuarias que sufren los exportadores. En el balance de estos años queda la impresión de que ha habido demasiado discurso político y promesas de industrializar el país pero, en la práctica, poco o nada se ha hecho para fomentar y sostener el crecimiento del sector exportador manufacturero, que en realidad es lo único que tenemos como industria real, concreta e incipiente. Quizá en el Gobierno no se comprende que si no se hace algo y pronto para aliviar la crítica situación del sector exportador, la producción de manufacturas y bienes con valor agregado seguirá languideciendo hasta tal vez hacerse completamente irrelevante. Lo que está en juego no es únicamente el futuro de un puñado de empresas, como alguien podría creer. Se trata, fundamentalmente, de la preservación de los puestos de trabajo que tanto ha costado crear alrededor de las exportaciones no tradicionales; un empleo mayormente formal, protegido por la ley y con los beneficios de la seguridad social. La estabilidad de este tipo de empleo está hoy mismo amenazada. El autor es sociólogo.








 

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