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Mar para Bolivia
El juez Greenwood y los mitos profundos de Bolivia


[2015-05-16]
Cartuchos de harina

Gonzalo Mendieta Romero

Nos fue bien en La Haya, pero toca también evaluar los detalles negativos. Al terminar el alegato de Bolivia en La Haya, el juez británico Greenwood hizo una pregunta. Bolivia la respondió en su réplica, sin tormentos, al menos por ahora. La consulta de Greenwood sonaba -me incluyo- ominosa.

Según la prensa chilena, la delegación boliviana se molestó con el juez Greenwood y filtró sus antecedentes: éste asesoró a Chile en su litigio contra Perú ante la misma Corte.

Luce sensato que Greenwood se excusara, pero aquí no me interesan su prolijidad o su ética, sino nuestro reflejo. Ése del que debemos cuidarnos, originado en las cavernas de nuestra idiosincrasia; la de los instintos que nublan nuestra visión, sobre todo en la desventura.

Los medios locales dieron eco ágil al currículum del juez de marras. Y leyeron a la carrera la regla (Art. 17 del Estatuto de la Corte) que prohíbe a los jueces actuar, si ejercieron de asesores o abogados en el mismo asunto, no en otro. El subtexto de esa noticia fue: "Un juez inglés confabula con Chile, contra Bolivia”.

El peso que dimos a la pregunta de Greenwood retrató nuestra inseguridad, periodismo por delante, incluso el reflexivo. En Chile se festejó la desazón boliviana, pues pareció que nuestros argumentos no eran suficientes ni para nosotros.

Carlos Mesa fue una sólida excepción inicial (repetida en una entrevista, aunque no en su columna), al declarar: "No hay molestia, por el contrario es una extraordinaria oportunidad para ratificar argumentos”. Ésa era la actitud que correspondía. Se debe temer más al juez que se oculta para influir, que al que se hace notar.

Pero optamos por la queja, aunque el historial de un juez se pueda conocer de antemano. Así llegamos a esta rara posición: o nuestros competentes abogados consideraron inocuo a Greenwood -y nuestro reclamo fue injustificado- o fueron negligentes.

Por lo demás, el Presidente de la Corte (¿otro coludido?) no ejerció su potestad de pedirle a Greenwood que se inhiba. Y un medio reportó que los jueces debaten sus preguntas con sus pares antes de formularlas y que éstas reflejan, por tanto, las dudas de varios magistrados (¿más cómplices?).

Así exhibimos la personalidad de víctimas de una historia regida por oscuros designios. De demandantes confiados pasamos a ser de nuevo un pueblo ingenuo e indefenso, para luego dejar de lado las observaciones a Greenwood (!). Una psicología, ésta, que procede de frustraciones reales, pero que es propensa a la paranoia y al lamento infecundo.

En Chile también hubo ansiedad. Se tomó la pregunta como una vía para que Bolivia asentara su alegato de fondo, como al final ocurrió. Pero el reflejo chileno no es rebuscar la trampa en su contra, sino acudir a la fuerza (como el diputado Sabag, que sentenció que a Chile le ha ido mejor con las armas). Nuestro reflejo, en cambio, es descubrir al perverso que explique el (esperado) fracaso. En el Presidente, ese gesto fue también una forma de contratar un "seguro”, por si en La Haya nos fuera mal. Y así mostró la hilacha gratuitamente, cuando el Gobierno ha guiado con aptitud el camino a La Haya.

Como hasta los paranoicos tienen enemigos reales, los mitos no impiden que los jueces de La Haya tengan desafectos o preferencias, sean tentados por lobbies o sean presa de vanidades y pugnas, que influyan en la contienda. Pero esas "impurezas” no se neutralizan con imprecaciones a grito pelado. La atracción que nos provoca ver un complot en cualquier traspié, nos desvía de los problemas y sus soluciones. Apelamos al mito de nuestra orfandad porque -parafraseando a Martí- es más espontáneo que pensar con orden. Y para males como ése, Guillermo de Ockham sugería no fabricar muchas causas para explicar un fenómeno. Por ejemplo, aplicando la navaja de Ockham ("en condiciones iguales, la explicación más simple es probablemente la verdadera”) a la pregunta de Greenwood, era mejor hallarle nomás una respuesta, para decepción de un país que viviría mejor a salvo de sus mitos.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.








 

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