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La libertad de expresión es patrimonio de la humanidad

Personaje
La forja de un héroe


[2017-07-05]
SONIA CASTRO ESCALANTE EN RECUADRO

Tal parece que la necesidad de contar con héroes se encuentra en nuestra naturaleza humana. Los héroes son construcciones históricas en las que se cristalizan los valores más altos que una sociedad entiende como positivos. Una persona en concreto, por algunas características definidas como modélicas, encarna el ideal al que una sociedad desea asemejarse.

Este héroe debe contar con el consenso generalizado de que sus atributos excepcionales son dignos y deseables de ser imitados. Su memoria, transmitida de generación en generación, es también la memoria de esa sociedad.

Por ejemplo, para los griegos, el ideal más alto de héroe era Aquiles. Puesto a elegir entre llegar a alcanzar una ancianidad tranquila pero insípida o morir joven pero cubierto de gloria, Aquiles elige la gloria, aunque eso le signifique perder la vida. Y cuando se dice que el héroe resume en sí cualidades consideradas positivas, lo son en el contexto de esa época. Aquiles, lleno de furia demente, engancha a Héctor a su carro de guerra y lo arrastra por las arenas de la playa. Aunque un tanto Homero le reprocha esa acción de venganza por ser contraria a las normas de los dioses, igual los admiradores de Aquiles le celebran haber ultrajado un cadáver. Todo le está permitido a este héroe.

Así, no es de extrañar que uno de sus más fervorosos admiradores, Alejandro Magno, cuando tiene la ocasión, imita el proceder de su héroe. Engancha a su carro a un enemigo que le había ofrecido particular resistencia y lo arrastra vivo por entre los riscos y la tierra (te pasaste, Alejandro, por lo menos Héctor estaba muerto cuando Aquiles lo arrastró).

Con los siglos, a su vez, Alejandro se convierte en héroe. En vida del Magno, sus vencidos, para congraciarse (para amarrarle las sandalias, se diría hoy) le llevan el cadáver del rey persa, a quien traidoramente asesinaron. Alejandro estalla en furia y ordena la ejecución de esos magnicidas.

Puestos a hacerse del poder por las bravas, Julio César persigue hasta Egipto a su enemigo. La facción de uno de los Ptolomeos asesina a Pompeyo. Colocan la cabeza decapitada en una cesta y se la entregan como obsequio a Julio César. Puesto a imitar a Alejandro, Julio César estalla en furia y exige a Ptolomeo que los asesinos le sean entregados, para pasarlos por las armas (admite, Julio César, que estabas más que contento al ver el despojo de tu enemigo).

Ya en territorio boliviano, Tomás Molina, al analizar en detalle las circunstancias de la muerte de Únzaga de la Vega y dos de sus colaboradores, plantea la hipótesis de que se hubiera tratado de un suicidio de honor, antes de caer en manos de los milicianos del MNR. El antecedente que recuerda Molina es el hecho, el hecho heroico, de un militar que, ante la toma de Boquerón de parte del ejército paraguayo, prefiere el suicidio. En efecto, el subteniente Luis Estenssoro Machicado, muy herido, se dispara a sí mismo antes que caer con vida en poder del enemigo. Esta fatal pero enaltecedora decisión (en criterios castrenses), habría sido emulada por Únzaga de la Vega.

Entonces, no es poca cosa ser elevado al pedestal de héroe. Éste ha de contar con la aceptación de que sus acciones se colocan en el listón más alto. Puesto que la heroicidad es el modo en que una sociedad se narra a sí misma, tanto individual como colectivamente, esta construcción tiene que ser, en todo lo posible, inánime. Por otro lado, tiene que ser inobjetable, que hasta el “enemigo” pueda considerarlo un adversario digno de homenajes.

A todo esto, nuestros nueve flamantes “héroes”, los denominados “mártires de la reivindicación marítima”, no cumplen con estos altos estándares de heroicidad y martirio. Son una creación burda. Un burlesque. El ideal del boliviano plurinacional que se nos propone dista enormemente del que hasta ahora era nuestro héroe, Eduardo Avaroa, éste sí realmente mártir.

Los que tenemos ahora, en terminología de Víctor Hugo, son unos exconvictos: capturados, enjuiciados, sentenciados y expulsados. Muy difícil resulta decir a nuestras jóvenes generaciones que esos son el ideal a imitar.

La forja de un héroe Columna SONIA CASTRO ESCALANTE EN RECUADRO Publicado el 05/07/2017 Tal parece que la necesidad de contar con héroes se encuentra en nuestra naturaleza humana. Los héroes son construcciones históricas en las que se cristalizan los valores más altos que una sociedad entiende como positivos. Una persona en concreto, por algunas características definidas como modélicas, encarna el ideal al que una sociedad desea asemejarse. Este héroe debe contar con el consenso generalizado de que sus atributos excepcionales son dignos y deseables de ser imitados. Su memoria, transmitida de generación en generación, es también la memoria de esa sociedad. Por ejemplo, para los griegos, el ideal más alto de héroe era Aquiles. Puesto a elegir entre llegar a alcanzar una ancianidad tranquila pero insípida o morir joven pero cubierto de gloria, Aquiles elige la gloria, aunque eso le signifique perder la vida. Y cuando se dice que el héroe resume en sí cualidades consideradas positivas, lo son en el contexto de esa época. Aquiles, lleno de furia demente, engancha a Héctor a su carro de guerra y lo arrastra por las arenas de la playa. Aunque un tanto Homero le reprocha esa acción de venganza por ser contraria a las normas de los dioses, igual los admiradores de Aquiles le celebran haber ultrajado un cadáver. Todo le está permitido a este héroe. Así, no es de extrañar que uno de sus más fervorosos admiradores, Alejandro Magno, cuando tiene la ocasión, imita el proceder de su héroe. Engancha a su carro a un enemigo que le había ofrecido particular resistencia y lo arrastra vivo por entre los riscos y la tierra (te pasaste, Alejandro, por lo menos Héctor estaba muerto cuando Aquiles lo arrastró). Con los siglos, a su vez, Alejandro se convierte en héroe. En vida del Magno, sus vencidos, para congraciarse (para amarrarle las sandalias, se diría hoy) le llevan el cadáver del rey persa, a quien traidoramente asesinaron. Alejandro estalla en furia y ordena la ejecución de esos magnicidas. Puestos a hacerse del poder por las bravas, Julio César persigue hasta Egipto a su enemigo. La facción de uno de los Ptolomeos asesina a Pompeyo. Colocan la cabeza decapitada en una cesta y se la entregan como obsequio a Julio César. Puesto a imitar a Alejandro, Julio César estalla en furia y exige a Ptolomeo que los asesinos le sean entregados, para pasarlos por las armas (admite, Julio César, que estabas más que contento al ver el despojo de tu enemigo). Ya en territorio boliviano, Tomás Molina, al analizar en detalle las circunstancias de la muerte de Únzaga de la Vega y dos de sus colaboradores, plantea la hipótesis de que se hubiera tratado de un suicidio de honor, antes de caer en manos de los milicianos del MNR. El antecedente que recuerda Molina es el hecho, el hecho heroico, de un militar que, ante la toma de Boquerón de parte del ejército paraguayo, prefiere el suicidio. En efecto, el subteniente Luis Estenssoro Machicado, muy herido, se dispara a sí mismo antes que caer con vida en poder del enemigo. Esta fatal pero enaltecedora decisión (en criterios castrenses), habría sido emulada por Únzaga de la Vega. Entonces, no es poca cosa ser elevado al pedestal de héroe. Éste ha de contar con la aceptación de que sus acciones se colocan en el listón más alto. Puesto que la heroicidad es el modo en que una sociedad se narra a sí misma, tanto individual como colectivamente, esta construcción tiene que ser, en todo lo posible, inánime. Por otro lado, tiene que ser inobjetable, que hasta el “enemigo” pueda considerarlo un adversario digno de homenajes. A todo esto, nuestros nueve flamantes “héroes”, los denominados “mártires de la reivindicación marítima”, no cumplen con estos altos estándares de heroicidad y martirio. Son una creación burda. Un burlesque. El ideal del boliviano plurinacional que se nos propone dista enormemente del que hasta ahora era nuestro héroe, Eduardo Avaroa, éste sí realmente mártir. Los que tenemos ahora, en terminología de Víctor Hugo, son unos exconvictos: capturados, enjuiciados, sentenciados y expulsados. Muy difícil resulta decir a nuestras jóvenes generaciones que esos son el ideal a imitar.








 

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