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    Cochabamba, 21 de Abril de 2019
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La libertad de expresión es patrimonio de la humanidad

Personaje
Falsa democracia.


[2019-04-02]
• Germán Mazuelo-Leytón

¿Son distintas la delirante política de Maduro o López Obrador, y la política liberal de Macri o Piñera?: son distintas en cuanto a la forma, no en cuanto al fondo, porque ya el Papa Pío XI en la encíclica «Divini Redemptoris» señalaba que todas las formas ideológicas presentes en estos tiempos son hijas del liberalismo: llámese democracia liberal, totalitarismos, socialistas o comunistas, nazis o fascistas, dictaduras de un partido único o populismos.

Ergo, hoy los Estados antes cristianos generan leyes gravemente injustas. Así en Argentina con Cristina Fernández no se había dado paso a la legalización del aborto. Macri en campaña, había prometido respetar la vida «desde la concepción a la muerte natural», sin embargo, luego de engatusar al electorado pro vida, promovió el debate por el aborto en Argentina. Previamente, sin embargo tanto Cristina Fernández como los gobiernos chilenos de «izquierda» o «derecha» dieron paso a la ideologización de la niñez y la juventud con programas de «educación sexual» promoviendo anticonceptivos y una sexualidad precoz.

El filósofo y ensayista Ortega y Gasset afirmó «Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. (...) Vivimos bajo el brutal imperio de las masas. (...) La soberanía del individuo no cualificado. (...) En nuestro tiempo domina el hombre-masa; es él quien decide. (...) Las masas populares buscan pan, y el medio que emplean es destruir las panaderías» (José Ortega y Gasset, «La rebelión de las masas».

Pío XII, en su radiomensaje de Navidad de 1944, hacía la diferencia entre Pueblo y multitud amorfa o, como se suele decir, «masa».

En un pueblo digno de tal nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás. El pueblo vive y se mueve con vida propia; la masa es por sí misma inerte, y no puede recibir movimiento sino de fuera. El pueblo vive de la plenitud de la vida de los hombres que la componen, cada uno de los cuales -en su propio puesto y a su manera- es persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus convicciones propias. La masa, por el contrario, espera el impulso de fuera, juguete fácil en las manos de un cualquiera que explota sus instintos o impresiones, dispuesta a seguir, cada vez una, hoy esta, mañana aquella otra bandera. De la fuerza elemental de la masa, hábilmente manejada y usada, se sirven los Estados: en las manos ambiciosas de uno solo o de muchos agrupados artificialmente por tendencias egoístas, puede el mismo Estado, con el apoyo de la masa reducida a no ser más que una simple máquina, imponer su arbitrio a la parte mejor del verdadero pueblo: así el interés común queda gravemente herido y por mucho tiempo, y la herida es muchas veces difícilmente curable.

«Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados, entonces aquella civilización propia de la sabiduría de Cristo y de su divina virtud, había compenetrado todas las leyes, las inteligencias, las costumbres de los pueblos, impregnando todas las capas sociales y todas las manifestaciones de la vida de las naciones. Tiempo en que la Religión fundada en Jesucristo estaba firmemente colocada en el sitial que le correspondía en todas partes, gracias al favor de los príncipes y la legítima protección de los magistrados. Tiempos en que el sacerdocio y el poder civil unían armoniosamente la concordia y la amigable de mutuos deberes.» (Papa León XIII, Encíclica «Immortale Dei».

Por otra parte, el pensamiento tradicional de la Iglesia, siempre y especialmente en los Documentos Pontificios de la última centuria, desde Gregorio XVI hasta Summi Pontificatus de Pío XII no deja de enseñar que la civilización cristiana resulta de la unión substancial de la Iglesia -forma sobrenatural universal, necesaria para la salud eterna y temporal de los pueblos- con los Estados, que son la realidad más alta del orden natural. Iglesia y Estado, Sacerdocio e imperio, altar y trono, cruz y espada, he aquí las dos sublimes realidades, encarnación la una de lo sobrenatural y la otra de lo natural, de lo eterno y de lo temporal, que deben asociarse para que haya paz en los pueblos.

En general la llamada clase política responde más a intereses ideológico partidarios mezquinos, que a la búsqueda del bien común.

La democracia no es el ámbito donde combatir las perversiones sino que es la perversión misma. La democracia divide al pueblo con sus partidos políticos y permite la explotación del hombre por el hombre, y conocemos ya que dicho término es el mágico eufemismo que esconde en realidad una intocable cleptocracia al servicio de oscuros intereses foráneos. Se nos hizo creer que luchar contra un sistema probadamente perverso es un acto anárquico, aceptando la máxima de Goethe del «prefiero la injusticia al desorden». San Agustín nos daba la correcta interpretación de la paz que el católico debe buscar, señalando que la misma debe ser la «tranquilidad en el orden», y Cristo mismo señaló que no cualquier paz es buena al señalar: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada» (Mt.10,34) (Cf.: Augusto Espíndola, «Los verdugos del occidente cristiano»).

La gran mentira demagógica y falsa de hoy, es que «el pluralismo democrático exige el relativismo ético». Como si el respeto a la libertad de los demás se fundase en que no existe una verdad y un bien objetivos sobre las cosas y la naturaleza humana. Esto es un error. Luego, la democracia no es un mecanismo para definir lo que es verdadero o falso, bueno o malo. Es un perverso error creer que la votación popular define la bondad o la malicia, la verdad o falsedad real de las. Convertir la democracia en el sustituto de la capacidad racional de hombre para conocer la verdad es una falacia. La democracia no implica el relativismo ético, así como el respeto a la libertad de conciencia no implica ocultar la verdad o el bien objetivo de las cosas, una conciencia equivocada no crea valores.

Tenemos el derecho y la obligación de defender lo bueno y lo verdadero ante la sociedad para procurar que la verdad y el bien se reflejen en las leyes. No todo lo legislado democráticamente tiene la garantía de ser justo.









 

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