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Sociales
Gabriela y el síndrome de Estocolmo


[2016-08-03]
DEMETRIO REYNOLDS

DESDE LA TRINCHERA

¡El presidente había tenido un hijo! ¿Y eso qué? No por ser presidentes van a dejar de tener hijos. Tampoco es muy raro que los mandatarios tengan sus aventuras más o menos secretas. ¿Alguno podría levantar la mano? Las tentaciones rondan peligrosamente por los palacios del poder. Pero la “bomba” dirigida, en febrero al Palacio Quemado llevaba una carga ominosa. Estalló como aquella de Hiroshima en agosto del 45, ¿se acuerdan?

Antes no se sabía nada de Gabriela. Una cadena de casualidades tejió la trama de su vida. Siendo tan joven y apenas de cara conocida, era gerente comercial de una empresa china, la que se adjudicó millonarios contratos con el Estado. Por azar, instaló su oficina de alta ejecutiva en el Ministerio de la Presidencia, sin que el titular se enterase de ello. Otras veces operaba desde donde, con otros presidentes, era el despacho de la “primera dama de la nación”. De por medio hay un hijo envuelto en el misterio.

Las apariencias engañan, pero también suelen denunciar. En todo caso, es bueno no parecer lo que no se es. La “ominosa carga” es justamente lo que parece; parece que hubo, por secreta vía, un tráfico de influencias. Los potenciales cómplices, lejos de evitar la apariencia, lo relievaron como para que la sospecha se parezca más a la verdad. Haciendo a un lado la Constitución, en lo que hace a la presunción de inocencia, la secuestraron y la llevaron como a una delincuente sorprendida en flagrancia.

Luego, los cuatro poderes del Estado se volcaron en línea contra ella: Ministros, legisladores, policías, fiscales y jueces, más las ramas anexas del Chapare y los escuderos del Palacio, todos, se asociaron para combatirla. En ese momento, Gabriela tenía una imagen de víctima ante el atropello del omnipotente poder. Y la desproporcionalidad empequeñeció moralmente a sus acusadores. Claro, no es un honor atacar a una persona de esa forma, teniéndola encerrada bajo siete llaves.

Pasó por dos etapas diferentes. En la primera, la indignación hizo que se defendiera desde la cárcel. Era un momento crucial que probó su carácter y su consistencia moral. ¿Cuánto tiempo duraría eso? Acosada por todos, empezó a desmoronarse. La separación de sus hijos debió ser una pena aparte. Y ante la perspectiva incierta, ideó un plan que le permitiese cuando menos acortar el encierro. Rebelándose no les ganaría nunca. Todas las riendas del poder las tienen ellos. Pero antes de acogerse a la abdicación, les lanzó este misil: a uno le dijo que era un “monstruo” y al otro lo trató de “mi rey”.

En una circunstancia extrema y con personas desesperadas ocurre un cambio psicológico conocido como el “síndrome de Estocolmo”, consiste en adoptar una actitud de conversión simulada para aminorar la saña o ablandar la crueldad del enemigo. Gabriela parece que ha entrado resueltamente a esa etapa. Se retracta de todo. Defiende a sus verdugos. Y sus abogados, sálvese quien pueda. La “justicia” los persigue.

El autor es escritor, miembro del PEN Bolivia.








 

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