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    Cochabamba, 16 de Julio de 2018
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La libertad de expresiůn es patrimonio de la humanidad

Sociales
Desnudas


[2018-05-14]
FEMINISMO

El cuerpo femenino y las percepciones que a partir de él se generan son los temas tratados por la autora.

IDEAS

Rocío Estremadoiro Rioja Socióloga

Muy ilustrativo y ver√≠dico es lo que narra James A. Michener en su novela Haw√°i. Corr√≠an las primeras d√©cadas de 1800, cuando llegaron los misioneros europeos a las costas de Lahaina. Ante sus caras de horror, fueron recibidos por decenas de alegres mujeres semidesnudas. Por esa √©poca, para las culturas que habitaban en esos paradis√≠acos y alejados lugares, el libre ejercicio de la sexualidad en hombres y mujeres no revest√≠a de ninguna carga social, al contrario, era considerado natural. En ello estaban incluidos los aventureros europeos que, tiempo antes, hab√≠an atracado en esas islas de ensue√Īo, constituy√©ndose en grata novedad para las nativas.

No obstante, con el arribo de los misioneros, se aplic√≥ una nueva modalidad al encarar el sexo. Finalmente, las reprimidas culturas guerristas y neur√≥ticas se impusieron a sangre, fuego y cruz. Lo dem√°s es historia: El sexo se convirti√≥ en ‚Äúpecado‚ÄĚ y mucho peor si su libre ejercicio fuera practicado (y, ¬°oh blasfemia!, disfrutado) por mujeres. Lo que en la naturaleza se presenta como obvio, b√°sico y fluido, fue transformado en indebido, reglamentado, burocratizado, constre√Īido, violento y dosificado. Incluso la l√ļdica y deliciosa seducci√≥n fue recluida al universo de lo prohibido, de la doble moral, de la justificaci√≥n de la violencia sexual. El m√°s claro simbolismo de eso fueron las opresivas ropas que significaron el entierro gradual de las costumbres de esas otras culturas cuyo eje era la alegr√≠a de vivir. Y, de esa manera, el desnudo y, particularmente, el desnudo femenino, se transfigur√≥ en la manzana de la discordia, inclusive en aquellos calurosos lugares.

Lamentablemente, el malestar que representa la desnudez femenina es uno de los nefastos legados religiosos abrah√°micos que no pierde vigencia, y ello a pesar de que en las √ļltimas d√©cadas, en el marco de la cultura occidental, hubo fundamentales avances respeto a la liberaci√≥n sexual de la mujer. En ese sentido, en una trinchera, se revuelven los moralistas, pecho√Īos y besasotanas que conciben el desnudo cual una afrenta a sus reprimidos deseos sexuales sublimados en creencias enfermizas, sexistas y autoritarias. Alimentando ese padecimiento, en la otra esquina hierve la industria cultural que promueve la cosificaci√≥n del cuerpo femenino en base a los estereotipos que marcan los roles de g√©nero socialmente asignados. En todos los casos, se distorsiona lo natural, se manipula lo simple, se problematiza lo esencial.

As√≠, en el meollo de una percepci√≥n de la sexualidad enajenada e hip√≥crita, la desnudez femenina tiende a estar vinculada al patr√≥n sexista de ‚Äúreina de belleza‚ÄĚ, estigma que implica la asimilaci√≥n de ciertos c√°nones est√©ticos que son una camisa de fuerza para cualquier mujer. Resultado: una industria cosm√©tica millonaria, la cirug√≠a pl√°stica como la especialidad de mayores r√©ditos econ√≥micos y mujeres infelices e inseguras que libran una batalla perdida contra su contextura f√≠sica y los cambios fisiol√≥gicos. Eso sin contar el trasfondo simb√≥lico que conlleva ese papel de ‚Äúreina de belleza‚ÄĚ: una mujer sumisa, esclava de la aceptaci√≥n social que la catapulta en los estrechos m√°rgenes de los objetos decorativos que tienen mucho que mostrar pero poco que decir, encerrada en funciones de lo ‚Äúprivado‚ÄĚ y muy lejos de la toma de decisiones.

Por ende, en nuestros tiempos, para que la desnudez femenina sea socialmente aceptada, pues se encuentra atada a las manifestaciones del morbo colectivo hipócrita, prosaico y esquizoide y con la confirmación de roles que someten a la mujer y la alejan de sus capacidades allende del aspecto físico y/o reproductivo.

Siguiendo con esa mitificaci√≥n, se configura una divisi√≥n entre las mujeres ‚Äúsexualmente atractivas‚ÄĚ (las que se acepta que se desnuden) de las que, supuestamente, no lo son. No s√≥lo pesa el cumplimiento de los c√°nones est√©ticos mencionados, tambi√©n est√° la relaci√≥n de aquello con otras ‚Äúfunciones‚ÄĚ femeninas. La maternidad, por ejemplo, suele ser un pasaje directo hacia el universo ‚Äúasexuado‚ÄĚ, se comprende que la sexualidad (y, por tanto, la desnudez) de una madre y /o esposa ser√≠a propiedad de otro (v√≠a matrimonio, generalmente).

En consecuencia, las mujeres con pase libre para desnudarse tendr√°n que ser ‚Äúj√≥venes‚ÄĚ, ‚Äúsolteras‚ÄĚ, ‚Äúflacas‚ÄĚ, ‚Äúbonitas‚ÄĚ. Para el resto queda la esfera del recato, mesura y moderaci√≥n, de las ropas anchas, grises y poco reveladoras. Lo terrible es que ni las ‚Äúj√≥venes‚ÄĚ, ‚Äúsolteras‚ÄĚ, ‚Äúflacas‚ÄĚ o ‚Äúbonitas‚ÄĚ est√°n seguras entre las rejas de estos sesgados c√°nones. No vaya a ser que porque andan ‚Äúprovocando‚ÄĚ, sean agredidas, abusadas, violadas e, incluso, asesinadas, tema que ser√° motivo de una segunda parte de este art√≠culo.

Queridas lectoras, creo que ha llegado la hora de rebelarnos. ¬°Ya basta de andar colocando la otra mejilla para que nos encierren en estereotipos y/o nos agredan, violen o abusen por el hecho de ser mujeres! Aprovechemos la c√°lida luz del sol para despojarnos de las pilchas que nos incomodan. Que los c√°nones antojadizos y los roles socialmente estipulados dejen de constre√Īir nuestras infinitas capacidades y posibilidades. Que nadie nos imponga c√≥mo vestirnos, c√≥mo percibirnos y juzgarnos atractivas. Que nadie nos robe nuestro derecho a disfrutar del sexo y de seducir si as√≠ nos cantan las ganas. Y sea que estemos flacas, gordas, bajitas, altas, j√≥venes, viejas, caf√©s, amarillas, verdes o azules, les doy un consejo: No hay cosa m√°s maravillosa que ba√Īarse en el mar como ‚Äúdios nos trajo al mundo‚ÄĚ, de sentir el contacto del agua en el cuerpo desnudo. Dense ese gusto. No se arrepentir√°n.

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