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Tu Reportaje
El retorno del incario y el proceso de cambio


[2015-09-01]
La escaramuza
Renzo Abruzzese

Hegel, cuyo legado filosófico sirvió de fundamento al materialismo histórico de Marx, sostenía que la historia no era más que la conciencia que un pueblo posee de su época. Esta portentosa concepción de la historia, resumida en las tres leyes de la dialéctica, permitía comprender la caída del Imperio romano o de cualquier otro, cuyo esplendor en su mejor momento se mostraba como una sólida estructura perdurable hasta la eternidad.

Lo cierto es que ninguno de ellos sobrevivió y, a sólo en un abrir y cerrar de ojos, sus glorias pasaron a formar parte de "otro tiempo”, de otra época, de otra historia. Nada ni nadie podría retrotraerse a ese mundo desaparecido, no sólo porque la historia no tiene retornos, sino porque aunque quedara intacta su estructura material, sus palacios, sus castillos, sus armas o lo que fuese, la conciencia que los sujetos poseían de todo ello ya no existe. Ése es el fin da la historia.

La historia universal, si tal cosa existe, no es más que el fin de la historia experimentada por cada sociedad en determinado momento de su existencia. Es la sumatoria de las historias terminadas. No parece, por tanto, descabellado preguntarse si el Imperio incaico es una excepción. Un juicio equilibrado concluiría que en esto no hay excepciones. El Incario se extinguió (independientemente de las causas y los hombres que lo precipitaron), y es en consecuencia una historia finiquitada. Como la historia no retrocede, tuvo, como todas las historias, un final irreversible. El tiempo no vuelve atrás.

Este razonamiento pone en el tapete, en primer lugar, la perspectiva que sirve de fundamento mítico-ideológico al diseño del Estado Plurinacional, pregonado por el Gobierno, y pone en evidencia, además, la falacia discursiva del régimen al pretender un retorno de la historia imposible de realizar, no porque nos separen medio milenio, sino porque la historia es una cuestión de conciencias epocales y no de acontecimientos que, en última instancia, siempre se registran como azares del destino. En segundo lugar, encubre una certeza inocultable: la historia del Estado Teocrático Incásico, con todas sus grandezas y todas sus miserias, murió hace quinientos años. No hay manera de retroceder. Si se tratará de reeditar las formas de organización social y productiva, la férrea dictadura del teócrata o el reino mítico que rodeaba la dictadura del Inca, probablemente nos veríamos tentados a aceptar la posibilidad de su retorno (sólo sirve pensar en los actuales tiranos fundamentalistas de Medio Oriente para convencernos que todo esto es siempre posible), empero, de inmediato, nos percatamos que el Imperio incaico sólo fue Imperio y sólo fue Incásico cuando los doloridos servidores del Inca y los beneficiarios de éste poseían una conciencia particular de su tiempo, lo asumían como el mejor o como el peor, pero sabían que eso era lo único que tenían y, probablemente, lo único que podían imaginar.

Tomar como modelo la sociedad incásica desde la base de la modernidad y el capitalismo avanzado, o desde la modernidad y el socialismo fracasado, no es más que un juego de palabras que esconde el secreto morboso de las mentalidades imperiales: eternizarse en el tiempo. No hay forma posible que un originario actual o cualquier ciudadano de este país se aproxime siquiera a la conciencia histórica de un vasallo del Inca. No hay forma posible de retrotraernos a la agricultura primigenia, al arado de tracción humana, a la servidumbre de las mujeres ante el Inca o al despotismo abigarrado de los "sabios” imperiales. Mi tiempo, la conciencia de mi época, tanto como la del lector que sigue estas líneas, sin siquiera echar mano del portentoso Hegel, sabe que el proyecto estatal en curso no es más que un artificio del lenguaje, destinado a crear un espejismo perceptivo bajo la etiqueta del "cambio” con el único fin de ensoñarse en un proyecto de mil años. Distopía moderna que a veces parece real.

Renzo Abruzzese es sociólogo.








 

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