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La libertad de expresión es patrimonio de la humanidad

Tu Reportaje
Un rey para Bolivia y presentimientos de yapa


[2015-09-20]
CARTUCHOS DE HARINA
Por GONZALO MENDIETA ROMERO

¿Se preguntará el MAS con cuál de esos regímenes prefiere ser sustituido? Gobernar por siempre es improbable; buscarlo es candoroso. Mejor servicio se haría indagando estas cuestiones incómodas para que el futuro no lo pesque en pijama.

Consideraría las bondades de una monarquía, pero mis exigencias de moderación, grandeza y formación del rey irritarían a la barra brava oficialista, propensa a exaltar al gran líder, en vez de ayudarlo con franqueza. Esa hinchada pretende reelegir a Evo otra vez, con el delirio dionisiaco de una comparsa.

Mientras, con afición de matasuegra, propongo pensar no en las mieles de la reelección, sino en el eventual fin del Gobierno. Ése que llegará en 500 años o antes, cuando le toque llorar como Banzer en 1978. Para imaginarlo hace falta dejar los embriagantes lentes liberales y la metafísica constitucional, y también que el oficialismo abandone el interés carnal de sujetarse al poder.

Se chutean los que catequizan al MAS con la alternancia. En términos liberales, el MAS es un hereje y a su electorado le importa poco. La jerga liberal oscurece además la visión de las instituciones y la cultura política local. Por ejemplo, la división de poderes es un buen deseo (aunque ha vivido mejores épocas que ésta). Eso no significa que Bolivia no posea equilibrios, pero son informales y, en general, no escritos.

Si no, vean cómo el Gobierno tiene que adular a las FFAA y trabar pactos paganos con sindicatos o empresarios, además de ingerir hostias para salir del brazo del Papa. Las fornidas corporaciones, no todas portadoras de fraternidad, inducen al Gobierno a transar y, así sea subordinadamente, exhiben los límites de un poder que se quisiera total.

La metafísica, por su lado, afirma que la política depende del texto constitucional. Pero ignora que meras leyes, como la Ley del Trabajo, contienen pactos cuya modificación sustantiva causaría una conmoción (ni el 21060 afectó el fondo del régimen laboral). Eso para no hablar del latifundio, en buen estado de salud. La venerada Constituyente no fue lo “originaria” y plenipotenciaria que teorizaban Chato Prada & Cia. y consentía parte del periodismo hoy opositor, cuando no les alarmaba la acumulación de poder.

Sensiblemente, la prohibición de la reelección no es uno de esos acuerdos políticos cuya alteración se logra sólo con una victoria militar. Sin embargo, la historia enseña -por experiencias como las de Hernando Siles y de Víctor Paz en los años 60- que este país no corona a nadie. Bolivia reside en el faccionalismo andino-amazónico, no en el soleado y dúctil Caribe.

La decisión de reelegir a Evo tiene pues mirada corta; evade la cultura política y los ritmos de la historia nacional. Incluso, desprecia la sabiduría de dejar reposar a su héroe en buen momento, en vez de agotarlo. Si finalmente ocurre, rehuir la pregunta directa sobre la reelección en el referéndum indicará además la falta (remachada por el eufemismo de la “repostulación”) del soporte popular necesario para el plan del MAS.

Un cambio de clima o una metida de pata (como el gasolinazo) algún momento liberarán a los demonios que el MAS nunca ha enfrentado. La reelección conducirá al país a un callejón cuando la correlación de fuerzas sea desfavorable al MAS y no pueda expresarse ya con cauces.

En esa línea, por ejemplo, la libertad de expresión no es prurito liberal, sino condición de convivencia; incluso de desahogo necesario del país y del pertinaz tercio electoral opuesto al Gobierno. Ese desahogo permite al gobernante -así sufra- medir el pulso de las fuerzas contrarias y percibir los cambios de ánimo de la sociedad. Pero el MAS quiere reelección, poder duradero y que todo le sea grato. El hedonismo es muy mal asesor.

En 1878, eludiendo la cháchara constitucional, José María Santivañez clasificó así los regímenes en Bolivia: la presidencia por asalto (como Melgarejo) o plebiscito callejero (como en octubre de 2003), la presidencia provisoria (tipo Rodríguez Veltzé) y la constitucional por voto libre (como la actual, aún).

¿Se preguntará el MAS con cuál de esos regímenes prefiere ser sustituido? Gobernar por siempre es improbable; buscarlo es candoroso. Mejor servicio se haría indagando estas cuestiones incómodas para que el futuro no lo pesque en pijama.








 

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