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Turismo
Y ahora… centros turísticos sin turistas


[2017-11-09]
Raul Penaranda

Ya he escrito sobre la capacidad del Gobierno de crear aeropuertos sin pasajeros, plantas de azúcar sin caña, estadios sin espectadores, fábricas de úrea sin viabilidad, etc. Ahora toca hablar de centros turísticos sin turistas.

El Gobierno, con su necedad, ha logrado quebrar Rurrenabaque, hasta hace poco una de las poblaciones turísticas más importantes del país. Rurre, en el departamento del Beni, es la puerta de ingreso al Madidi, uno de los parques nacionales más biodiversos del mundo. Con ello se hizo una fama interesante y, en años anteriores, miles de turistas solían llegar a la zona. Se crearon restaurantes, se abrieron oficinas de turismo, se inauguraron hoteles, se formaron eco albergues, se habilitaron balsas y botes y empezó un interesante rubro de turismo indígena y comunitario.

Hasta que el Gobierno se interpuso en ese camino. Y dio fin con todo ello. Hoy, la actividad turística en esa región languidece debido a algunas malas decisiones de las autoridades y a un modelo de desarrollo que alienta el extractivismo y descree de la diversificación económica.

En vez de apostar por el ecoturismo como una actividad que da recursos a la gente y a la vez protege el medioambiente, el presidente Evo Morales, con su archiconocida terquedad, decidió que era una buena idea crear la fábrica de azúcar de San Buenaventura, justo al frente de Rurrenabaque, cruzando el río Beni. Pese a que decenas de estudios, desde hace décadas, señalaban que era una idea inviable, Morales siguió adelante en su plan y decidió malgastar allí 265 millones de dólares en crear un elefante blanco que casi no tiene actividad. Lo que pasa es que no hay caña suficiente en la zona. Y esa caña no ofrece suficiente sacarosa. Hoy la planta está casi paralizada.

¿Se imagina el lector que se hubiera usado la mitad de ese dinero en fomentar el turismo en Rurrenabaque y en el Madidi? Hoy la situación sería muy diferente y se generarían recursos para miles de familias. Eso es precisamente lo que el Gobierno rechaza. El oficialismo, en vez de alentar a que el ciudadano aumente sus ingresos, prefiere hacer enormes obras con la ilusión de que eventuales utilidades, que casi nunca llegan, alimenten las arcas estatales.

No sólo eso. Hay más. El Gobierno, presionado por el exministro Juan Ramón Quintana, forzó el proyecto de realizar un puente sobre el río Beni para que atravesara por el centro del pueblo. La otrora hermosa localidad será en breve un mero paso de camiones de alto tonelaje. Ese puente pudo hacerse unos cuantos kilómetros más al sur. Pero cuando la irracionalidad se impone, no hay nada que hacer.

Lo peor vino, sin embargo, cuando el Gobierno decidió exigirles visas de ingreso a ciudadanos estadounidenses y, sobre todo, a israelíes. Ese fue el tiro de gracia para el turismo del norte de La Paz y Beni. En ambos casos, se tomó la decisión por la imprudencia del Gobierno y su inflexibilidad ideológica. No estoy en contra de que se critiquen las decisiones (muchas veces atroces) del Estado de Israel, pero tratar de penalizar a sus ciudadanos impidiéndoles visitar Bolivia es una estupidez.

Y luego siguió el ensañamiento contra esa zona: justo allí, para inundar parte de ese hermoso rincón del país, el Gobierno quiere construir las represas Chepete y Bala.

Todo esto puede explicar por qué una reciente película, nada menos que protagonizada por el afamado actor británico Daniel Radcliffe, y que retrata a esa zona del país, está causando tanta incomodidad en el Gobierno. Justo está centrada en la zona que el Gobierno ha logrado que el turismo fracase. Y que quiere, más encima, inundar. La película, increíblemente, no está en la cartelera local.

Como dije en un texto anterior, el filme, Jungle, que ya ha tenido una premier mundial y que ha sido destacado por los principales medios de comunicación del mundo narra la historia de Yossi Ghinsberg, un israelí que se perdió en el Madidi en 1981 durante 21 días. Cuando nadie creía que seguía vivo, fue hallado por dos de sus amigos. Es, como se dice, una historia de película. Ghinsberg escribió luego el libro De regreso del Tuichi, que se hizo muy famoso sobre todo entre los jóvenes israelíes, quienes, gracias al texto, empezaron a llegar por miles a Rurrenabaque y al Madidi. Deseaban recorrer los lugares en los que su compatriota había desafiado a la muerte. También llegaron, en menos escala, estadounidenses.

Gracias a Ghinsberg y su libro, un perdido lugar de la Amazonia encontró auge en el ecoturismo. La película Jungle podría ser usada, también, en ese sentido. Pero el Gobierno no lo aceptará. Antes de que se construyan hoteles prefiere alentar fábricas de azúcar sin azúcar.

Raúl Peñaranda U. es periodista.








 

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