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La libertad de expresión es patrimonio de la humanidad

Turismo
El reto impostergable


[2017-12-17]
GONZALO LEMA
EL OTOÑO DEL PATRIARCA

En un evento que ahora llamamos conversatorio, Igor Quiroga zanjó un arduo discernimiento, una morosa conclusión sobre la diferencia capital entre el periodismo y la literatura: “El periodismo no debe mentir nunca”, dijo. “Y la literatura debe mentir siempre”. Es una gran verdad constitutiva de ambos oficios, queda claro. El surgimiento de intereses sectarios, como también los de facción política, los malintencionados y poco profesionales que descubrimos de tiempo en tiempo, debilitan en extremo la elaboración imprescindible de una vigorosa opinión pública.

El periodismo es la fuente principal de la opinión pública.

¿Qué ha sucedido en este devenir para que el periodismo, otrora ético y absolutamente confiable, se sumerja en las aguas de la duda, de la nefasta falsedad inclusive y nos obligue a sacar conclusiones entre líneas? Ocioso pensar en el rol del capital económico, porque existió desde un principio como propietario del medio y hasta es aconsejable que así sea. Lo contrario significaría el monopolio del Estado, y del gobierno de turno, informando a través de una red de medios sobre todo lo bueno de la gestión, que sería por supuesto su derecho, pero callando lo malo y ocultando los resultados de la imprescindible fiscalización.

El capital privado ha fomentado el periodismo desde un principio. El local, el nacional y el internacional. Las grandes cadenas son el resultado de aquella antigua apuesta. El periodismo estatal fue concebido con noble propósito: informar a la población sobre temas que, para el periodismo de corte comercial, no tenían atractivo alguno. Con el tiempo, ambos roles han quedado tergiversados y la opinión pública indica que, si tal cadena miente, es por intereses creados, y que la prensa oficialista oculta y santifica toda la corrupción del gobierno porque para eso fue creada. Es cierto. También es cierto que estamos mal.

Salvo excepciones, el perfil del periodista ha cambiado notoriamente. Quizás por la masificación, inevitable en toda profesión, abundan por doquier los improvisados que se acercan a la noticia sin acopio de antecedentes. O al entrevistado ignorando su mérito: ¿Cómo se llama usted? ¿Qué es lo que ha hecho? En las renombradas grandes cadenas, el periodista interroga con dureza al personaje: lo interrumpe, le superpone preguntas, lo ametralla sin clemencia para luego, satisfecho, dar a conocer su propia síntesis. ¿Dónde ha quedado el respeto a la persona? ¿A la información fidedigna?

La sociedad de nuestro tiempo ha devaluado tan bello oficio. Toda su exigencia de espectacularidad en la noticia ha terminado dando por tierra lo verdaderamente esencial: la información con calidad. Los periodistas de televisión están condicionados por un alma circense. Los titulares escritos o enunciados indican que va a volver a arder Troya. El seguimiento del hecho es parcial porque brincan a un hecho nuevo. La información como alimento se parece a la comida chatarra: no alimenta, tan sólo llena la panza. Pero el tema es que la gente necesita informarse bien y por eso reclama. Recibir la información es tan urgente como tomar agua. Agua potable, por supuesto. La misma radio, considerada el medio informativo más humano de todos, ha sucumbido en el anacronismo, en la mediocridad.

Esta batalla por la información con calidad no está perdida ni mucho menos. No sólo que encontramos periodistas éticos y equilibrados, sino que existen medios de comunicación muy profesionales que informan la verdad e ilustran al lector. Hay momentos tan dignos en este periodismo que difícil sería contrastar con otros oficios. Quizás el médico en las batallas. Es cierto que el periodista arriesga su vida cuando se propone investigar a fondo, y que muchas veces se lo asesina. Pero este es su oficio y, pienso, también su nítida vocación. El sentido de su existencia. Por lo tanto, se advierte que no va a claudicar y mucho menos desaparecer, para fortuna de nosotros.

Qué importante ha de ser que el periodista defienda su oficio esencial elevando su nivel. La sociedad lo reclama porque no existe día alguno que no se alimente de él. La sociedad moderna y el periodismo conviven desde el mismo amanecer. La mediocridad actual de una bien puede deberse a la influencia nociva del otro. Trepar un peldaño, elevar su cielo, ha de generar que la sociedad elabore una mejor opinión pública en general. No mentir, sí investigar, sigue siendo, como en los lejanos comienzos, lo fundamental.









 

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